Casi todo, pero no todo. En su cerebro se conserva, sin llegar a ser un pensamiento consciente, una imagen intacta de ese brazo, un miembro fantasma. Cuando Kitts piensa en flexionar el codo, el miembro fantasma se mueve. Los impulsos que parten de su cerebro son detectados por unos electrodos que hay en la cazoleta blanca y convertidos en señales que ponen en marcha los motores; entonces, el codo artificial se dobla.
«No me paro a pensarlo. Simplemente, lo muevo –dice esta mujer de 40 años, usuaria de este modelo estándar y de otro experimental que le permite un mayor control–. Después del accidente me sentía perdida, pero ahora estoy esperanzada porque constantemente están mejorando la prótesis. Algún día recuperaré el tacto en la mano artificial y podré hacer palmas al ritmo de las canciones que cantan mis niños.»
Kitts es la prueba viviente de que, aun cuando la carne y el hueso están dañados o han desaparecido, los nervios y las partes del cerebro que los controlaban siguen vivos. En muchos pacientes, están ahí a la espera de transmitir señales, como cables telefónicos arrancados del aparato. Con electrodos microscópicos y la magia de la cirugía, los médicos han empezado a conectar esos nervios y partes del cerebro a dispositivos tales como cámaras, micrófonos y motores. Como resultado, los ciegos pueden ver, los sordos, oír, y Amanda Kitts, doblar sus camisas.
Kitts pertenece al grupo de gente cuyos sentidos o miembros perdidos o defectuosos están siendo sustituidos por unos dispositivos que, acoplados al sistema nervioso, responden a las órdenes del cerebro. Las máquinas empleadas reciben el nombre de prótesis neurales, o bien (ahora que los científicos han acabado por aceptar el término popularizado por los escritores de ciencia ficción) biónicas. Eric Schremp, tetrapléjico desde que se fracturó el cuello al zambullirse en una piscina en 1992, tiene implantado un aparato electrónico bajo la piel que le permite mover los dedos para coger un tenedor.
Jo Ann Lewis, ciega, distingue el contorno de los árboles gracias a una cámara diminuta conectada al nervio óptico. Y Tammy Kenny puede hablar a su hijo de 18 meses, Aiden, quien, sordo de nacimiento, le responde porque en el interior de su oído lleva 22 electrodos que transforman los sonidos captados por un micrófono en señales que su nervio auditivo puede procesar.
Los científicos han descubierto que es posible conectar la máquina con la mente, pero también han aprendido que es muy difícil mantener esa conexión. Por ejemplo, un leve desplazamiento de la cazoleta que rodea el muñón de Kitts puede hacerle perder la capacidad de cerrar los dedos. Aun así, la biónica representa un gran salto hacia delante, que permite a las personas que han sufrido pérdidas graves recuperar mucho más de lo que era posible hasta ahora.
«Nuestro trabajo consiste en eso, en recuperar –dice Joseph Pancrazio, director del programa de ingeniería neural del Instituto Nacional de Trastornos Neurológicos y Accidentes Cerebrovasculares–. Cuando una persona con lesión medular puede ir a un restaurante, comer por sí misma y que nadie lo note, para mí eso es la definición del éxito.»















